Noir de color raro: Lady Scarface. El cine negro de la RKO

Lady Scarface, Frank Woodruff, 1941, USA

A la venta

8420172061920

Extracto del libreto interior

2. Noir, más o menos

 En teoría Lady Scarface se adscribe al relato criminal, llamarlo noir sería un exceso, dedicado a testimoniar como los contornos más cotidiano y menos amenazadores posibles podían convertirse en siniestros y cortantes al contado con ese reverso de la realidad, con esa imagen virada en negativo, que es el crimen. Si aislamos el guión, lo que se cuenta, del estilo, el cómo se cuenta, esa idea está, sin duda, presente. En ella el contacto con el submundo del crimen, con los bordes cortantes de la realidad, con la violencia en definitiva, pone en peligro mortal a una serie de personajes inocentes, que ven así su visión ingenua del mundo, de su pequeño mundo tranquilo, pervertida, violentada, por la interferencia con ese otro mundo, el del crimen, que lo altera todo. Son las dos realidades paralelas que vertebran el relato criminal, que nace de su contacto, extrayendo chispas.

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En Lady Scarface tenemos a toda la tipología completa del relato criminal: el mundo inocente, solar, –la pareja de recién casado que toma por error un dinero contenido en un sobre en clave, a nombre de otra persona-, el mundo culpable, de las sombras, – Slade, una despiadada gánster y su banda, y la línea de sombra, esos personajes conductores, capaces de moverse entre los dos mundos y que, en las historias más contundentes siempre acaban dañados de alguna forma por su osadía –el policía y la periodista que siguen el caso-.

Pero esta se ve pronto, tras un prólogo rápido, violento y atmosférico, sometida a un tratamiento humorístico, no diré tanto como irónico, pero si ligero, caricaturesco -y no solo por los excesos del cómico Andrew Tombes como patoso detective de hotel-, como si fuese un vodevil con crímenes y misterios que se desarrolla durante la mayor parte del metraje entre las habitaciones de un hotel, lugar idóneo para los enredos con identidades cambiadas y tiras y aflojas entre la pareja protagonista. Así la película, de una aire naif desarmante, está repleta de sorpresivos jugueteos diríase metatextuales (de nuevo dependientes de ese aire de teatrillo general, cercano incluso a la tira dominical) y las convenciones del procedimental, las historias de policías y sus métodos; perfecto, y hasta hermoso por su sencilla elegancia, resulta ese encantador momento romántico en el cual los protagonistas se declaran por intermediación de la conversación de sus vecinos, unos recién casados cuya habitación han pinchado para mantenerlos vigilados debido a que se han involucrado sin querer en el cobro de un golpe.

Lady Scarface, con su indefinición genérica, entre la screwball comedy –Francis E.Neal como intrépida reportera que pone patas arriba el mundo del duro detective Dennis O’Keefe- el mistery y el policial corresponde con coherencia histórica a ese momento previo al cambio del género con el final de la 2ª Guerra Mundial y, a la vez, recuerda que los últimos coletazos de las extraña mixturas genéricas y del humor extemporáneo de la década de los 30 se prorrogaron hasta principios de los 40.

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