Cine-Bis #1: El incinerador de cadáveres. Oscuro mundo checoslovaco.

Cine-Bis nº 1

Para hacer menos dura la espera entre Quatermass y Quatermass, si ideólogo Javier G. Romero ha decidido crear un vástago policromado y multigenérico bajo la cabecera Cine-Bis que desde su presente # 1 se incorpora al paisaje nacional, renovado y vibrante, de los fanzines y prozines. En ella se busca hacer converger el entusiasmo y el análisis, la historiografía y la nostalgia. 

La tirada es limitada y la venta por correo a través de este mail de contacto:  quatermass@hotmail.com. 

Javier G. Romero dirige, edita (y maqueta con su sabiduría habitual) las cien pághinas de revista cuyos contenidos se reparten entre la primera parte de un estudio sobre la Blaxpoitation a cargo de Fernando Rodríguez Tapia, un acercamiento al fantaterror filipino firmado por el propio Javier Romero, sendas entrevistas con Fernando di Leo y Helga Liné realizadas por Carlos Aguilar, una revisión del Leonardo Sciascia criminal a cuenta de Pablo Herranz, la sci-fi apocalíptico-setentera USA revisitada por Ángel García Romero,una reivindicación de Alain Corneau por Pablo Fernández  y de postre una interview al gran fanzinero David García, el hombre tras Monster World¡Ah! y también una intervención del que esto escribe  sobre la obra cumbre de Juraj Herz, y del cine checo de los 60 , El incinerador de cadáveres.

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«El mal existe. Pesa, sabe, huele. No es una abstracción ni una idea. Es real y está nosotros. Entre 1938 y 1945 Europa fue el epicentro del mal, extendiéndose desde las fronteras de Alemania como una bacteria. Checoslovaquia se contagió pronto y cuando logró curarse estaba tan débil que un segundo mal, de naturaleza similar al primero, la infectó de nuevo.

Juraj Herz dirigió El incinerador de cadáveres en 1968, treinta años después de la entrega de los Sudetes al gobierno que iba a durar mil años y en la misma fecha en la cual los tanques soviéticos le borraban la sonrisa al socialismo con rostro humano. Herz proyecta su realidad totalitaria de 1968 en la realidad totalitaria de 1938 pero no lo hace a través de un espejo perfecto ni de una lente cristalina, sus iconografía es deforme, grotesca, monstruosa y por ello mismo reveladora: es la auténtica imagen de las cosas; caos sin procesar, locura y aberración que condensan una (dos) época(s) de cortejo febril de la muerte, el apoteosis del Kali Yuga.

Los títulos de crédito se compone de recortes de cuerpos, todo el metraje está saturado de cuerpos, mostrados en grotescas angulaciones y capturados en la óptica deformante del ojo de pez. Cuerpos en bailes, cuerpos en combates de boxeo, cuerpos en cenas familiares, cuerpos en casas de putas, cuerpos en ataúdes… cuerpos muertos y cuerpos que todavía no saben que pronto van a morir. Todos contenidos en espacios simétricos, abigarrados, asfixiantes…el realismo más extremo logrado a través de medios antirealistas.»

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