Tragedia sureña: A Electra le sienta bien el luto

Extracto del cuadernillo interior: 

Eugene O’Neill, dramaturgo

Al mismo tiempo, en 1923, en Japón y en Estados Unidos, el cine descubría a Eugene O’Neill. Kenji Mizoguchi y John Griffith Wray bajo la producción de Thomas H. Ince y lo hacían, además, con la misma obra: Anna Christie, en años venideros adaptada innumerables veces, la más célebre con Greta Garbo como protagonista. Fue la primera  película sonora a partir de O’Neill sonora y se realizó según el sistema de doble versión, dirigiendo la americana Clarence Brown y la francesa Jacques Feyder.

En el intervalo, el cine soviético trasladaba Deseo bajo los olmos en 1928, dirigida por Giorgi Makarov. Hacía solo cuatro años que O’Neill la había estrenado. Su popularidad y ascendente durante las décadas de los 20 y 30 marcaron el devenir del realismo en el teatro americano, con su tratamiento de personajes desesperados, turbulentas familias y marginales. Padres, hijas, herencias, tierras, las marcas del pasado y la realidad opresora conforman un teatro pesimista y oscuro, de penetrante fatalismo vital y marcado por la influencia nórdica. El cine americano de la primera mitad de los 30 se volcó en ese material en un periodo donde la aspereza y las temáticas agrestes eran habituales. Extraño intervalo, La mujer constante (The Constant Woman, Victor Schertzinger, 1931) o la comedia Ayer como hoy (Ah Wilderness!, Clarence Brown, 1935) fueron adaptadas, aunque la más singular fue The Emperor Jones (Dudley Murphy, 1933), encabezada por el gran actor Paul Robeson, una de las pocas estrellas de raza negra del periodo.

Al tiempo, O’Neill experimentaba un descenso en su actividad teatral, siendo precisamente so obra más importante es A Electra le sienta bien el luto, donde proponía una variación sobre Esquilo en particular y el pathos de la tragedia negra en general que ambienta en la América tras la victoria de la Unión en la Guerra Civil. Dudley Nichols la adaptaría ya en el 47, durante otra década de vigor productivo para O’Neill, ya que estrena piezas icónicas como Largo viaje hacia la noche o The Iceman Cometh, ambas adaptadas más adelante por un par de miembros de la Generación de la Televisión, la primera por Sidney Lumet en 1962 y la segunda por John Frankenheimer en 1973, conteniendo un glorioso despliegue de Lee Marvin.

Dudley Nichols era quien había regresado a O’Neill en esa década escribiendo para Ford Hombres intrépidos, y el interés lo continuaría Alfred Santell con la extraña Pasión salvaje (The Hairy Ape, 1944), protagonizada por William Bendix y Susan Hayward. No eran obras centrales del dramaturgo, al contrario de A Electra le sienta bien el luto, que es atacada por Nichols con cierto respeto reverencial, lo que le lleva a formalizar una exhaustiva traslación que según los distintos montajes llega rondar las tres horas; lo cual redundó en dificultades de exhibición y fracaso en taquilla.

En ella lo más interesante es cómo evoluciona desde su aspecto ornamental de melodrama de época, muy del gusto Hollywoodiense incluso en el adusto acabado que le otorga Nichols, hacia el gótico americano. La imagen se hace más espesa y truculenta, dominada por grandes manchas de negro, y la interpretación más expresionista y crispada, con una brillante caracterización como madre de la actriz griega Katina Paxinou. De igual modo tanto Michael Redgrave como en especial Rosalind Russell, van ajustándose a sus papeles, esta hasta el control físico y expresivo de sus soberbios instantes finales. La segunda mitad del metraje es más intensa, sin dudas ya de tono. Lo fantasmagórico y mortuorio domina cada plano, de estatismo primitivista, y las presencias espectrales de padre y la madre son palpables en cada composición. En un nivel muy básico podría hablarse de un relato de casa encantada/maldita, con el protagonismo de esa mansión que absorbe a esa familia y del gran drama que las pequeñas mezquindades ponen en marcha. De igual modo el sustrato de la tragedia griega permanece, con esa sensación de destino inescapable, de algo incontrolable, determinado de antemano y repetido a lo largo del tiempo.

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