Americana: Al oeste del mito. Un libro

9788491161721

A la venta: http://www.editorialuoc.cat/al-oeste-del-mito-50-westerns-basicos

(Intro)

“En A Personal Journey with Martin Scorsese Through American Movies (Martin Scorsese y Michael Henry Wilson, 2005) se ofrece una imagen de síntesis del género: en Río Rojo (Red River, Howard Hawks, 1948), Wayne avanza al encuentro de su hijo/némesis, Montgomery Cliff. Sobre la marcha se vuelve para intercambiar disparos con el pistolero Cherry Valance (John Ireland); sale herido pero no disminuye el paso. La escena no pierde energía en la interrupción. Eso es el wéstern en esencia: un hombre que avanza, un movimiento imparable.

Un trayecto en línea recta, monomaníaco pero constantemente interrumpido en pos de un objetivo tan concreto como esotérico. La razón original del desplazamiento se diluye, transfiriendo al trayecto mismo un compo­nente metafísico. La distancia adquiere una dimensión poética; la distancia entre dos hombres, entre dos lugares. Un espacio que se cruza. El hombre es el paisaje y viceversa: lo físico y lo psi­cológico se fusionan en la geografía, como tan bien supieron traducir en imágenes minerales Budd Boetticher o Monte Hellman.

El wéstern es también la dialéctica entre lo inmutable y lo nuevo, entre el hombre y el territorio. Las ciudades en el wéstern, por su carácter sedentario y de apropiación, de avanzadilla civilizadora, son vistas con antipatía: significan una aberración en mitad de un paisaje salvaje. El wéstern se localiza en la encrucijada física y metafísica del nacimiento de la sociedad y se agota en la muerte de la frontera. El wéstern crepuscular habla del fin de la frontera o la búsqueda de la muerte en otra paroxística, terminal y luciferina, como la del México revolucionario.

La ciudad es la llegada de la modernidad, como lo es el tren, y la modernidad amenaza a hombres y espacio porque reduce el territorio y define las fronteras. La decadencia del Oeste, como marco histórico y como género, proviene de la reducción de las distancias, de la contrac­ción de un espacio épico a una proporción humana abarcable mediante la máquina, vertebrada por la ciudad, alimentada por el colono y sos­tenida por la ley.

Según Mark Cousins en La historia del cine: una Odisea (The Story of Film: An Odyssey, 2001), «Muchos de los mejores wésterns hablan de hombres que establecen la ley en una época idealista». Algo opues­to al cine criminal, que «se centra en gente que rompe la ley en una época cínica». Emerge el domador del territorio, una decantación del contradictorio «ser norteamericano» y su dualidad terrible entre el individualismo y la colectividad, entre lo salvaje y lo civilizado, entre el movimiento y el sedentarismo.

Encarnado en Tom Doniphon, Shane, Ethan Edwards o un predi­cador sobrenatural, también en las múltiples iteraciones de Wyatt Earp o similares, el hombre violento representa en el wéstern al mediador evanescente, concepto hegeliano actualizado por Slavoj Žižek: un catalizador del cambio que una vez este se produzca estará obligado a desaparecer. El sueño común que es el Oeste, nacido en el agrarismo jeffersoniano y sancionado por Lincoln en la Homestead Act de 1862, es el avance de las sociedades sustentado en individuos que no pueden pertenecer a estas. Como Ethan Edwards en Centauros del desierto (The Searchers, John Ford, 1956), están malditos, «condenados a vagar entre los vientos» (op. cit. Martin Scorsese).

Scorsese, de nuevo, explica cómo tan solo tres películas erigidas en torno a la figura de su actor, John Wayne, resumen el wéstern: La diligencia (Stagecoach, 1939), La legión invencible (She Wore a Yellow Ribbon, 1949) y Centauros del desierto. En la primera Wayne es un joven aventu­rero, Ringo Kid; en la segunda, la figura paterna de Nathan Brittles, y en la tercera se ha oscurecido y no hay vuelta atrás. Tres décadas, «el mismo director, la misma estrella, la misma localización de Monument Valley. Pero un personaje diferente, distintas actitudes, distintos con­flictos, casi un país diferente».

Las estaciones del wéstern cinematográfico replican, sublimadas, las del Oeste histórico. Cuando América se completa como país, muere el Oeste y nace el wéstern, entrelazando mito, realidad y nostalgia de ambas. «La mentira histórica del origen acabó convirtiéndose en una verdad estética final» (Fernández-Santos, 1988, pág. 60). Cada vez que el tiempo de la realidad y el tiempo del relato se alejan, cada vez que la distancia histórica se hace más y más grande, el relato se hace más triste, más violento, más melancólico en la constatación de que los tiempos no volverán.

La historia del wéstern (la del Oeste) es la del proceso de civilización de un territorio y unos hombres que rechazan ser civilizados. Su deriva va del espíritu de conquista al lamento y de ahí al acre rea­lismo, sin romantizar, y vuelta al lamento, esta vez fantasmal.”

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