Donde el círculo termina: un perfil de Robert Hamer

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En Espacio de cine: https://www.elcorteingles.es/cine/revista/donde-el-circulo-termina-1959

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Perfil de Robert Hamer incluido en el libreto interior de 32 páginas

Los demonios del artista

A la altura de 1959, Robert Hamer se había rendido. O más bien, sus demonios le habían vencido. Comentarista al tiempo ácido, sensible y tenebroso de la realidad, Robert Hamer era homosexual en un tiempo y un país donde era ilegal. Donde, si se descubría, significaba la cárcel o la medicación. Hamer, sufrió la represión y el sufrimiento infringido por la sociedad y por sí mismo. La consecuencia fue una psicología lúgubre y un comportamiento vital autodestructivo. Su cine está lleno de fingimientos, de la idea de lo oculto formulada en distintas formas; también de la elaborada venganza. Sus películas no se atan a un género concreto, sino que transitan y usan según la necesidad del relato. Las atmósferas son ricas, densas; una síntesis de realismo y onirismo, sombras noir, sensibilidad gótica y comedia sofisticada.

Como muchos de los mejores cineastas británicos de la posguerra, Hamer, conocía el oficio de hacer películas en toda su extensión. Se formó como editor en los años 30, llegando a montar La posada de Jamaica (Jamaica Inn, Alfred Hitchcock, 1939), en los estudios de la Gaumont-British primero y bajo las ordenas de Alexander Korda después. En el cambio de década, Hamer comenzó a trabajar en la  GPO Film Unit, una oficina del servicio postal británico dedicada a la producción de documentales, cuando la dirigía el trotamundos brasileño Alberto Cavalcanti. Este, brillante por igual en el cine experimental, el documental y la ficción comercial, ejerció como figura patriarcal-ejemplar para toda esta generación de cineasta ingleses que iban a encontrarse haciendo un poco de todo en un estudio mítico: Ealing.

Su primer trabajo acreditado como director fue el pionero ómnibus de horror, Al morir la noche (Dead of Night, 1945) junto al propio Cavalcanti, Charles Crichton y Basil Dearden. Su segmento era “The Haunted Mirror”, perturbadora historia de frustración sexual y dudas de identidad; muy cercana, por tanto, a su propia experiencia vital pese a no pertenecerle el guión. De igual modo el espejo y la imagen especular serán un motivo recurrente en su cine. Su primer largo completo se estrenó poco después;  Pink String and Sealing Wax (1945), un noir victoriano donde convivía el humor satírico y la observación del comportamiento social; es decir, sus elementos basales como cineasta.

De nuevo dirigió solo algunos planos en The Loves of Joanna Godden (Charles Frend, 1947), melodrama al servicio de Googie Withers, excelente actriz que aparecía tanto en The Hunted Mirror, Pink String and Sealing Wax y su siguiente película y  primera obra maestra: It Always Rain on Sunday (1947). Un fresco realista, vívido, precedente del Free Cinema y hermanado con el neorrealismo italiano, sobre un barrio obrero en el Este de Londres de post-guerra. Adaptando una novela de Arthur Le Ben (Frenesí partía de otra novela suya) era cruda y atmosférica, en sus imágenes conviven la experiencia de Hamer en el terreno del documental y su sensibilidad noir. Pese a la brillantez de este título capital, Robert Hamer tardó dos años en volver a dirigir y escribir. El resultado fue un clásico absoluto: Ocho sentencias de muerte (Kind Hearts and Coronets, 1949).

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Célebre sobre todo por los ocho papeles de Alec Guinness en una exhibición transformista a la altura de Lon Chaney, constituye otra mirada al victorianismo con el formato, esta vez, de comedia irónico-grotesca negra como el carbón. Según la novela “Israel Rank” de Roy Horniman, era una minuciosa venganza sobre una familia al completo por parte de un misterioso joven, Dennis Price. Subversiva y vitriólica, celebraba el asesinato y la perversidad como, parafraseando a Thomas De Quincey, una de las bellas artes. Nunca fue Robert Hamer tan libre, tan penetrante, como en esta película. Curiosamente, tanto Guinness como Price eran homosexuales.

Por desgracia, las cosas dentro de la Ealing fueron agriándose para un Hamer con cada vez mayores problemas de alcoholismo. Sus dos siguientes obras, ambas protagonizadas por Eric Portman, fueron sendos fracasos. The Spider and The Fly (1950) era un sofisticado pulp de ambientación francesa que mezclaba melodrama, romance y misterio con el fondo crepuscular del estallido de la Gran Guerra. Pesimista y oscura, revelando la progresiva melancolía del cineasta le condujo a la ignota His Excellency (1951), una comedia típicamente Ealing con un sindicalista convertido en gobernador de una colonia británica en el Mediterráneo.

Divorciado en 1950 de la actriz Jean Holt, comenzó una relación con Pamela Wilcox, hija del  director Herbert Wilcox, que se prolongaría hasta su muerte pero que en ningún caso atemperaría su infierno personal; más bien al contrario, la mascarada de la vida en pareja era un recuerdo constante de la imposibilidad de una existencia feliz, plena y satsifactoria. Hamer no había quedado contento ni con el tratamiento hacia una película personal como The Spider and The Fly ni con el encargo siguiente. Diversos proyectos habían quedado en el camino, como una historia sobre el Soho centrada en un ladrón que intentaba reformarse o el interés por llevar al cine el célebre caso real de la pareja Edith Thompson y Frederick Bywaters, quienes en 1923 habían sido condenados y ejecutados por el asesinato del marido de ella. La sordidez de las historias que Hamer manejaba, su querencia por estos temas cada vez más tenebrosos no terminaba de casar con una Ealing centrada en sus exitosas y distintivas comedias populares. Hamer, en consecuencia, abandonó el estudio. Su siguiente película sería sórdida y lúgrube como ninguna otra: The Long Memory.

Protagonizada por John Mills y partiendo de una novela de Howard Clewes, The Long Memory adopta elementos del noir para articular un drama introspectivo sobre la autodestrucción. Como sucede en la mayoría de  títulos de Hamer, la localización, el espacio en el cual sucede el relato, aparece como una proyección de mismo. La angustiosa claustrofobia del barrio y las pequeñas casas de It Always Rain on Sunday o el suntuoso barroquismo de Ocho sentencias de muerte, se convierten aquí en el paisaje del estuario del Támesis con sus barcas varadas y sus dunas azotadas por el viento. El cortante blanco y negro sumado a la atmósfera pesimista, ominosa, enlazan la historia de un ex-convicto buscando venganza con el realismo poético francés. El rechazo social, el sufrimiento y el autodesprecio vuelven al primer plano en la obra de Hamer, más descarnado e íntimo que nunca.

El regreso del cineasta pareció confirmarse en la vivaz adaptación de las aventuras del Padre Brown, cura-detective de G.K. Chesterton, en El Detective (Father Brown, 1954). Significó su reencuentro con Alec Guinness y su regreso a la comedia, o al menos al humor. Elegante y liviana, sin duda ofrecía un perfecto contraste respecto a la obra anterior que, por desgracia se vio desbaratado en la pobre A París con amor (To Paris with Love, 1955), comedia romántica al servicio de Guinnes que significó la primera obra en color del director. No se trata de una mala película, simplemente de una que cualquier director británico medio del periódico podía haber dirigido sin que se notase la diferencia.

Refugiado brevemente en televisión, víctima ya de una decadencia física que anunciaba su final, Hamer languidecía. Michael Balcon se acordó de él durante la complicada gestación de Dónde el círculo termina, en lo que significaba su tercera película consecutiva con Guinness, quien tuvo que asistirlo e incluso sustituirlo como director. Extraña y mortecina, Dónde el círculo termina aparece como una singular recapitulación de temas y motivos, donde la duplicidad y el fingimiento se colocan en primer plano. Desencantado ante el montaje de la MGM, emocionalmente agotado y físicamente al límite, Hamer dejó todavía migajas de sí mismo en películas como A Jolly Bad Fellow (Don Chaffey, 1963), para la cual había vendido un guión unos años antes, reescribiendo partes del dialogo de 55 días en Pekín (55 Days at Peking, Nicholas Ray, 1963) o incluso comenzando a dirigir (y firmado en solitario pese a la intervención decisiva de Cyril Franklin, que fue quien la terminó) la comedia estudiantil School for Scoundrels (1961). Dos años después moría. Tenía 52 años.

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