El descanso del malvado: Robert Ryan Noir

 

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Extracto del libreto interior de 32 páginas: 

 

La estrella más oscura

El peor de los héroes y el mejor de los villanos, hasta el punto de que incluso cuando encarnaba a los primeros parecía uno de los segundos. Robert Ryan era la ambigüedad encarnada. La complejidad psicológica de sus interpretaciones, alcanzada mediante un autocontrol al borde del colapso físico, convulsionaba de modo sutil personajes estereotípicos y películas en potencia llenas de clichés. Robert Ryan fue (es) el más genuino rostro de América en la posguerra: un hombre neurótico, consumido por la violencia interior.

Ryan había hecho de todo antes de acabar como actor, incluso ejerció como instructor militar durante la 2ª Guerra Mundial tras haber ya firmado por la RKO. Allí conoció e hizo amistad con Richard Brooks, quien lo recomendó más tarde para la adaptación de su novela Encrucijada de odios, papel por el cual fue nominado al Oscar al mejor secundario; lo cual sustentó su carrera de inmediato sin notar el tremendo fracaso de la inmediatamente anterior Una mujer en la playa, hipnótica obra mutilada de Jean Renoir donde la total ausencia de afectación de Ryan casaba a la perfección con la aparente sencillez de estilo del cineasta francés y ocultaba uno de las mejores interpretaciones (y uno de los personajes más complejos) de toda su carrera. En ella quedaba establecido que incluso cuando ejercía de algo parecido a un galán sus historias de amor eran fantasmagóricas y desesperadas; tal y como la que vivirá con Ida Lupino en otra obra maestra maldita como La casa en la sombra.

Alto y oscuro, capaz de intoxicar de amenaza la imagen de cualquier película, su físico no se correspondía con sus posiciones ideológicas y vitales. Actor de la violencia, habitual de personajes que personificaban el fascismo americano, Ryan era todo lo contrario. Izquierdista, pacifista e involucrado en todo tipo de reclamaciones a favor de los derechos civiles, el colmo de la paradoja fue su protagonismo en un artefacto de propaganda anticommie  como Casada con un comunista al tiempo en el cual se oponía al Comité de Actividades Antiamericanas y a la oleada malsana del macarthysmo.

Lo que ocurría era que, simplemente, Robert Ryan no podía evitar su propia imagen, su magnética oscuridad. Ryan era peligroso, parecía peligroso. Eso hacía que sus acercamientos a la ternura adquirieran como en La casa en la sombra un algo religioso. Pocas veces pudo redimirse en el mayor como aquí, menos pudo ser el genuino héroe que fue para Jaques Tourneur en Berlin Express o de nuevo para Nicholas Ray en Infierno en las nubes (Flying Leatherneck, 1951). Su especialidad eran los villanos tortuosos, los hombres crueles que ocultaban bajo esa misma crueldad su debilidad tal y como hacía el brutal militar de Encrucijada de odios, el sádico millonario de la fascinante Atrapados (Caught, Max Ophüls, 1949), el ex-amante amargado de Barbara Stanwyck en Clash by Night (Fritz Lang, 1952), el forajido maquiavélico de Colorado Jim (The Naked Spur, Anthony Mann, 1953), el cacique del pueblucho de Conspiración de silencio (Bad Day at Black Rock, John Sturges, 1955), el despiadado gánster en Japón de La casa de bambú (The House of Bamboo, Samuel Fuller, 1955) o el cruel oficial de La fragata infernal (Billy Budd, Peter Ustinov, 1962).

En la RKO, un estudio perfectamente equipado para la ambivalencia, Robert Ryan encontró su lugar en Hollywood. Allí se le ofrecía la continuidad profesional, una solida adscripción genérica, en especial al noir y el western, y dado a la política de limitación presupuestaria y películas de tamaño medio una cierta dosis de riesgo y papeles interesantes. Su imagen y su estilo solidificaron. Ryan era el misántropo volcánico, el hombre recorrido por una corriente eléctrica al cual era mejor no acercarse o tocar(…)

 

 

 

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