El hombre que fue Hollywood: Madame Satán/Náufragos en la jungla. Los Imprescindibles (ECI)

En Espacio de cine: http://www.elcorteingles.es/cine/revista/doble-sesion-madame-satan-1930-naufragos-en-la-jungla-1934

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Extracto del libreto interior:

Cecil B. DeMille es Hollywood. Cuando uno piensa en las películas del Hollywood del periodo romántico, la imagen que se forma en la memoria responde a la que el cineasta creo. Las estrellas, el oropel, la burbuja, como dice el crítico irlandés Mark Cousins en su La historia del cine: una odisea. La realidad, la historia, y la fantasía sintetizadas en una construcción imperecedera y arrebatadora surgida de una maquinaria de precisión: el Sistema de estudios.

Cuando los nombres de David Wark Griffith, Rex Ingram y Fred Niblo no eran ya más que ecos, después de Erich von Stroheim le pegara fuego al Hollywood de los directores del cual surgiría el de los productores, Cecil B. DeMille todavía permanecía allí. Había, de hecho, dado un paso al frente para convertirse en el cineasta más grandioso del sonoro. Sus epics no cabía en la pantalla, se derramaban por los bordes, excesivos, coloristas y delirantes. DE modo perfecto su última película fue la más grande de todas: Los diez mandamientos (The Ten Commandments, 1956). Aquello, que había extenuado los recursos de un viejo Hollywood agonizante, no podía superarlo; así que ya no volvió a dirigir. Tres años más tarde, en 1959, moriría después de haber dirigido ochenta películas desde 1914.

De todos modos el paso, traumático, del silente al sonoro no resultó sencillo. Se trataba de aprender un nuevo idioma, una nueva sintaxis para la imagen. En La incrédula (The Godless Girl, 1928) sonorizó a posteriori, una técnica habitual de los primeros años, y el Dinamita (Dynamite, 1929) rodó por vez primera una verdadera película sonora. Ninguna de ellas fue un éxito. Pero los servicios prestados persuadieron a la MGM, cuyo descomunal éxito se había levantado en gran medida sobre los taquillazos que DeMille  filmaba, de financiarle un carísimo y extravagantísimo melodrama musical: Madam Satan.

Cecil B. DeMille, casi como si anticipase la locura que más de cuarenta años en el futuro hundiese el sueño del Nuevo Hollywood y sus directores todopoderosos, se embarcó en un dispendio imparable que incluía el rodaje en technicolor…que terminó por no ser usado en la copia final y el intento de contratar a Gloria Swanson como protagonista para envolverla en el fetichista diseño de Adrian para el personaje de “übervampiresa” en la cual la heroína se transformaba para recuperar a su marido.

Madam Satan fue un capricho multimillonario, para el cual no he leído (ni se me ocurre) una definición mejor que la que da Mark A. Viera en su formidable “Sin in Soft Focus. Pre-Code Hollywood”: un musical Sex-and-Déco.

Aquel dispendio personalista rompió algo del encanto que ligaba a DeMille con la MGM. El estudio, así y todo, todavía comercializó otra película suya el 31. El prófugo (The Squaw Man) era una remake (una práctica habitual tanto de DeMille como de otros cineastas del silente que evolucionaron en el sonoro) de su primera película, codirigida en 1914 junto a Oscar Apfel a partir de una obra de teatro de Edwin Milton Royle ambientada en la América colonial. Otro fracaso de complicado rodaje y disparatado (y creciente) presupuesto.

El fin del contrato con la MGM condujo a DeMille hacia Paramount, otro de sus estudios preferidos. Cecil B. DeMille reingresó en la Paramount con su estilo “bigger tan life” habitual realizando el péplum cristiano El signo de la cruz (The Sign of the Cross, 1932), un “rip off” de la novela de Henryk Sienkiewicz “Quo Vadis?”, escrita en 1895 y de inmediato recreada en texto teatral por el actor, empresario y dramaturgo Wilson Barrett. Aquella era, sin duda, el tipo de película que uno se esperaba de semejante cineasta y extremando el gusto por el erótismo y la violencia de DeMille film tuvo serios problemas con la censura. Años más tarde, en 1944, ya sometida a las restricciones que pudo vadear durante el Pre-Code tuvo que ser remontada para su reestreno; destino este de numerosos éxitos del primer quinquenio de los 30, mucho de los cuales nunca han podido ser restaurados a su forma original permaneciendo mutilados o alterados.

Paramount prefirió tras este título acortarle un tanto las riendas al director. Sus dos siguientes trabajos antes de regresar al terreno de los “epics”, tuvieron presupuestos y duraciones controladas. La juventud manda (This Day and Age, 1933), un relato sobre la cultura juvenil de la época y Náufragos en la jungla (Four Frightened People, 1934) fueron las dos únicas películas pequeñas de lo que le quedaba de una carrera a la búsqueda, por igual, de la enormidad y el sentimiento, de lo épico en pantalla.

Así y todo, Náufragos en la jungla no sería ni una película normal, ni sencilla, ni mucho menos de fácil rodaje. DeMille se empeñó en rodar sobre el terreno, desplazando equipo y actores a Hawai, haciéndolo pasar por Malasia, en lo que sería una verdadera pesadilla. En especial para Claudette Colbert, la actriz favorita del cineasta en el momento quien tras bañarse en leche de cabra como Popea en El signo de la cruz, ahora lo hacía bajo una cascada en un sensual momento que le costaría a la estrella contraer disentería.

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