Precodeismos: Tres vidas de mujer + Ex-Lady. Los imprescindibles (ECI)

En Espacio de Cine: http://www.elcorteingles.es/cine/revista/doble-sesion-ex-lady-1933-tres-vidas-de-mujer-1932

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Extracto del libreto interior: 

Pre-Code. Durante los últimos tiempos esta catalogación ha ido adquiriendo un aura mítica. Pre-Code es una promesa, una incitación, una edad del cine-pecado localizada entre 1930 y 1934. En Hollywood, Babilonia. Vibrante, moderno y actual, el cine de ese breve periodo de tiempo no solo no envejece, sino que parece rejuvenecer. Cada película es un vistazo salvaje a un periodo en el tiempo y a una cronología alternativa para el cine norteamericano

El nefando Código Hays se firmó en 1930, pero durante cuatro años fue sistemáticamente desafiado por los productores, guionistas, directores, actores y, claro, por las película mismas. Era una advertencia, una formalidad administrativa a la cual nadie hacía realmente caso; un pacto entre Hollywood y el Gobierno para evitar un mal mayor: la intervención.

William Hays, antiguo director del servicio postal estadounidense, no era más que una pequeña molestia para el Sistema de Hollywood, un hombrecillo a quien era fácil ignorar: no hacía las cosas más fáciles, pero las hacía posibles. Y ese pacto, la tensión nacional entre el puritanismo y la libertad, más o menos funcionaba.

Hollywood siguió empujando los límites hasta que en 1934, la Legión Católica de Decencia presionó al Senado de tal modo que terminó por lograr su objetivo de garantizar el estricto cumplimiento del Código: se trataba de perder un puñado de votos de la depravada y licenciosa Costa Oeste liberal o de molestar a la conservadora mayoría silenciosa de la América media. Está claro quien ganó esta vez.

A partir de entonces ningún film, nacional o extranjero, podía ser estrenado sin antes obtener el sello regulador. Una censura sin nombre de censura que se mantuvo sin modificaciones hasta mediados de los 50 y fue finalmente derogada en 1966, no en vano una suerte de reinicio del cine norteamericano que encaminaría hacia otro periodo salvaje: los 70.

En esos tres/cuatro años de gracia, Hollywood experimentó su edad más libérrima y erótica, hasta cuarenta años después. Lo hizo espoleado por la Depresión y por el impulso original de la modernidad en unas películas que significaban la evolución natural  de la tremenda audacia y la perfección del último cine del silente. La gran inversión que supuso la sonorización, con sus aparatosos equipos y nuevos laboratorios, sumada a la desfavorable coyuntura económica nacional  había hecho que en la década de los 30 Hollywood  comenzase a vender menos entradas que en el pasado. Se necesitaba recuperar el dinero, garantizar la viabilidad de un negocio multimillonario y el escándalo era la vía más directa: historias rápidas para tiempos rápidos.

Las películas eran crudas, reales, le hablaban a la calle en el idioma de la calle. Sexo, violencia, drogas, decadencia y lujuria, autoindulgencia y libertad. Todo se mezclaba en combinaciones ambiguas, retadoras, que saturaban la pantalla de, nada menos, sinceridad sin cortar.

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