Fantasmagorias: George Raft Noir

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Extracto del libreto interior:

*A lo largo de la década de los 40, Raft había ido decayendo en el escalafón de las estrellas. No era el que fue, pero todavía conservaba un rango suficiente  como para que su nombre sostuviese una película completa. Diversas renuncias a jugosos papeles protagonista lo habían postergado, al tiempo que alzaban a un competidor directo, Humphrey Bogart, al altar de la historia del cine. Este heredó personajes en Dead End (1937) y, sobre todo en El halcón maltes (The Maltese Falcon, John Huston, 1941) y El último refugio (High Sierra, Raoul Walsh, 1941). Este último resulta sintomático y, por sí mismo, define el tipo de personaje del cual durante un largo trecho de su carrera Raft prefirió huir.

Años antes, en 1932, George Raft había quedado definido como actor y como presencia, paradójicamente, en ausencia. Su imagen en pantalla fue semánticamente traspasada a una moneda: la vida y la muerte en un cara o cruz, como diría el asesino Anton Chigurh en No es país para viejos o un simple giro del destino, parafraseando a Bob Dylan. La fortuna en el aire sintetiza a George Raft en Scarface, el terror del hampa  (Scarface, Howard Hawks, 1932). El era, en la realidad, un poco como aquella moneda: un bailarín que jugaba con el mundo del crimen al cual un giro, el cara o cruz, convirtió en actor en lugar de en “wise guy”. La cámara y no la pistola.

No parecía que hubiese muchas opciones durante  la época de la Prohibición para un chico judío nacido en Hell’s Kitchen, uno de los peores y más duros barrios de Nueva York: entre ser un matón y dedicarse al espectáculo eligió lo segundo, pero lo compatibilizó con lo primero. Fue amigo de barrio en infancia de Owney Maden, que llegó a dirigir el mítico Cotton Club, y  de Bugsy Siegel, para los cuales ejerció de chofer al tiempo que se fogueaba como bailarín en nightclubs y speakeasys, locales clandestinos donde se servía alcohol. Raft quizás nunca estuvo tan adentro  como para ser un genuino gangsters, pero sabía de primera mano cómo se comportaban los verdaderos.  Sus criminales, eran muy diferentes a los demás actores. No había nada crispado ni chulesco en él, era frío y controlado, suave y cortante al tiempo. Economizaba gestos y movimiento, siempre fluido, confiado, proyectando un peligro latente.

Esa misma elegancia  la transfirió pronto a sus antihéroes u héroes que se aprovechaban de su presencia ambivalente. Investigadores con placa y sin ella o gangsters a la búsqueda de redención, caso del de uno de sus mejores películas,  Muero cada amanecer (Each Dawn I Die, William Keighley, 1939), donde compartía cartel con James Cagney. Este, como también otra figura del noir como Dick Powell, había sido también bailarín. Aquello les otorgaba una manera propia, distintiva, de estar en la escena, de habitar el encuadre y reconstruirlo: rítmico incluso en la violencia que canalizan.

A excepción de sus primeros años, como esa memorable mano derecha del psicótico Tony Camonte que termina mal, se resistió a convertirse en un gánster de cine e hizo lo posible por mantener su dureza elegante en el lado correcto de la ley. Tal vez para evitar que lo que se decían sobre él fuera de la pantalla se materializase dentro de la misma. Su persona en pantalla y su persona fuera de ella estaban siempre en fricción y tal vez por ello, Raft  prefirió ir limando esa confusión rechazando papeles y personajes que se parecía demasiado a sus propias experiencias y que podían dar la razón al constante runrún de sus amistades dentro del crimen organizado que, por otra parte, fascinaban al público.

Ironía, su último gran personaje fue el jefe mafioso que perseguía a Jack Lemmon y Tony Curtis en la farsa gangsteril de Billy Wilder, Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959); una parodia de esa imagen de la cual había huido que ocupará buena parte del final de su trayectoria con algunos deliciosas colaboraciones junto a Jerry Lewis. Al tiempo, como dice Noël Simsolo, Hollywood lo santificó en vida dedicándole un biopic, The George Raft Story (Joseph M. Newman, 1961), done lo encarnaba otro bailarín reconvertido a actor noir, Ray Danton, y que hacía leyenda de la realidad…o viceversa. Una imagen esta de George Raft, reciclándose en su propia parodio o viéndose convertido en materia prima de la ficción que, cito de nuevo a Simsolo en su magnífico “El cine negro”, «resume la evolución y la crisis de las películas sobre gangsters solitarios a lo largo del ciclo negro. Finalmente, solo quedan como una mitología del pasado»*

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