Rey de la Casbah: Pépé le Moko. Los Imprescindibles, ECI

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Extracto del libreto:

3. El espacio mágico

En Pépé le Moko la Casbah no es la Casbah, es “La Casbah”. Quiero decir que no es un lugar prosaico, por más que sea mundano, literal y concreto, realista por simplificar; sino la ensoñación del realismo, su versión alucinada, febril, romántica. La Casbah es un espacio de la mente, de la imaginación y el imaginario popular. Refugio de hombres libres donde reina, parafraseando al escritor simbolista argentino Roberto Alt, un rufián melancólico: Pépé le Moko.

Escribe George Sandoul en su Historia del cine mundial que «Pépé es un vencido de antemano, no por la policía, que lo acosa en su escondrijo de la Casbah, sino por el mismo, por la nostalgia del macadán parisiense, por un amor loco, por la tristeza y el aburrimiento, por las perrerías de la vida, en una palabra, por la fatalidad». Pépé es advertido continuamente de su futuro por el inspector Slimane, némesis y complemento, que lo admira y compadece al tiempo. Slimane tiene la fecha de la caída de Pépé escrita en la pared de su habitación, que todo es cuestión de tiempo, así que no tiene por qué haber entre ellos ninguna animosidad, no hace falta. Pépé dice que Slimane es bienvenido en la Casbah tal y como él mismo y entre ellos se establece una curiosa dinámica de amistad viril que prefigura otras del cine francés criminal de José Giovanni o en especial del Jean-Pierre Melville de Bob le Flambeur, otra obra maestra fatalista que parece un hilo perdido del realismo romántico de los 30 aparecido en mitad de los 50.

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Decía que La Casbah no era tanto un espacio real como uno fantaseado, casi mitológico. Esta sensación emana de una tensión de contrarios, entre el exotismo y lo mundano, entre la sordidez y la lujuria vitalista; y solidifica, paradójicamente, a través de una puesta en escena inaprensible, diluida en una niebla no tanto mística como opiácea. El estilizado expresionismo de los interiores, incluida esa Casbah alucinada reconstruida en estudio, a los cuales Duvivier dota de una textura táctil, vívida pero a la vez inaprensible, como el tejido del sueño, se convierte en una topografía espiritual. El intrincado mapa de la Casbah, su serpenteante estructura caótica, su locura metódica, sus calles y puertas que dan a los lugares más insospechados son el paisaje de la mente de Pépé le Moko y también un reflejo de los conflictos y dialécticas entre los personajes que la película plantea.

En un determinado momento, la amante de Pépé le dice, despechada, que en realidad ya lleva dos años preso, que la Casbah es su prisión. Y es cierto, está atrapado, constreñido a un lugar y sus reglas específicas; pero más que eso Pépé está bajo un encantamiento; uno fabricado por él mismo. Dentro de los límites de la Casbah es un ser todopoderoso, una encarnación sublime de la masculinidad, desafiante y libre, erótico e irresistible, despiadado y a la vez tierno: es Pépé le Moko, un nombre que significa algo, mucho.

Pero fuera de ella esa magia desaparece, fuero no es más que un criminal vulgar, un fugado anónimo que debe esconder su distintivo rostro bajo un sombrero y tras un pañuelo. Y si en la Casbah Pépé puede tenerlo todo, menos la verdadera libertad, fuera no puede tener nada y la única libertad que se le concede es la de decidir cuándo morir. Roto el embrujo no queda ni el amor, el recuerdo de la aventura para Gaby, la imposibilidad de cambiar para él, todo reducido a una figura borrosa y un grito inaudible, tapado por el rugido del exterior mientras que en la Casbah si Pépé hablaba, de inmediato se hacía el silencio.

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