Fábula de la estrella y el soldado: Hollywood Canteen. Cineclub, ECI

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Extracto del libreto interior

1.      Historias de la ficción real

 A la altura de 1944 en Hollywood era tan importante vender bonos de Guerra como vender entradas, y en algunas ocasiones ambos eran la misma cosa. El cine de propaganda bélica solía dividirse entre películas sobre la denuncia del espionaje y el complotaje quintacolumnista, nazis infiltrados en todo tipo de estratos sociales y admitiendo desarrollos que iban del pulp a la relato noir o el melodrama, films de combate, con hazañas bélicas de por medio, o comedias amables de retaguardia que lo mismo celebraba el ardor de los nuevos reclutas que homenajeaba a los veteranos.

Canteen6La bastedad del universo cinematográfico del agitprop bélico hollywoodiense resulta de una vastedad que excede los límites de esta colección –y más si se suma la contrarreacción postbélica en forma de paranoia anticomunista que produjo toda una serie de réplicas contrarias a la propaganda bélica en una ecuación negacionista de las posiciones del pasado inmediato digna del Orwell de 1984– aunque, poco a poco, emerge como uno de los periodos más singulares, extraños y apasionantes de la cultura popular de la primera mitad del siglo XX, y no solo circunscrita al ámbito del cine sino transversal con otros ejemplos de la cultura pop puramente USA como el comic-book, la música popular, las revistas pulp  o los seriales radiofónicos volcados en el esfuerzo de Guerra.

Entre todo ese marasmo, a veces delirante, una película como Hollywood Canteen, dirigida por Delmer Daves para Warner, destaca por su carácter híbrido, de documental ficcionalizado, mejor dicho de documento, de testimonio, fabulado y casi reclama verse, mano a mano, junto a la un año previa, Tres días de amor y fe (Stage Door Canteen,  1943) rodada por Frank Borzage, nada menos, para el productor independiente Sol Lesser y distribuida por la United Artist. En los dos casos Delemr Daves ejercía como guionista, lejos todavía de su prestigio dentro del noir de posguerra y del western psicológico de los 50 y con la experiencia previa de un par de películas de propaganda, la bélica Destino: Tokio (Destination Tokyo, 1943) y el melodrama The Very Thought of You (1944). En la segunda ya contaba con la presencia del actor Dane Clarke, pero sería la primera, un film de submarinos al servicio de Cary Grant donde entraría en contacto con John Gardfield, co-estrella de la función y principal impulsor de la cantina de Hollywood.

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Así que sumando dos y dos, la experiencia previa como libretista para Borzage y su buna relación en el rodaje Gardfield puso Hollywood Canteen en manos de Daves pese a su inexperiencia para rodar secuencias musicales, no así para escribirlas ya que había participado como guionista en un buen puñado de ellos. Curiosamente será en estas donde el talento de Daves para la puesta en escena brille con mayor fuerza, personalizando las actuaciones con apuntes ora naturalistas, ora barrocos y hasta permitiéndose una fuga hiperestilizada, con la incursión de un número protagonizado por Joan McCracken que nos mete en una película dentro de la película; encantamiento de musical puro.

smfenceTanto Tres días de amor y fe como Hollywood Canteen parten de escenarios reales donde sucedía, más o menos aquello que las películas reflejan a través de historias fantaseadas, embellecidas e ideales con respecto a esos mismos espacios, transmitidos al espectador como auténticos descansos del guerrero donde todo era posible y la magia del cine, y sus estrellas, se encarnaba, al tiempo más humanas y por ello mismo más prodigiosas y sobrenaturales que nunca.

La Cantina de Hollywood y la Stage Door de Broadway eran equivalentes en Los Angeles y Nueva York, esfuerzos de la comunidad artística volcada en apoyar al país y a los hombres que combatían en el extranjero, esos que llamaron “La mejor generación”. Las dos buscan hacer notar siempre el respeto y admiración por los veteranos, convirtiendo sus figuras en los verdaderos héroes de un momento histórico que eran homenajeados en esos establecimientos, y en estas películas por unos actores y actrices que solo fingían aquello que ellos hacían de verdad; lo cual establece un juego metalingüístico y una dialéctica entre los distintos niveles de la ficción y la realidad que desborda los mismo límites de las películas, trascendiendo cualquier intención en este sentido pero estableciendo una galería de espejos y reflejos, de tropos y rimas entre realidad y ficción, ficción de la realidad que permite, como decía antes, leer Hollywood Canteen y Tres días de amor y fe como algunos de los más extraños artefactos del cine documental, perfectas plasmaciones del espacio heterotópico poseídos por un tono de fábula emotiva que permite redescubrirlos ahora por encima de su carácter efímero como propaganda atada a un tiempo y un lugar.

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Las diferencias entre ambas, estructuradas entorno a pequeñas historias que son excusa para el carrusel de números musicales de las estrellas invitadas, radica en el punto de vista. Mientras Borzage manifiesta su tendencia al melodrama sublime y prefiere fijarse en las chicas que trabajan como voluntarias bailando y dando conversación a los soldados en un espejismo de intimidad romántica con un pellizco de doloroso, la de Daves toma la mirada exterior como vehículo, colocando a dos ingenuos soldados como descubridores del encanto del Hollywood Canteen y lleva todavía más lejos que Tres días de amor y fe su romanticismo convirtiendo en real (dentro de la fábula que es el film y volvemos a los espejos) la historia de amor del soldado protagonista, el cabo Slim, y al tiempo abriéndose por completo a la fantasía pese a su contexto pseudo-documental de partida. Tanto a la fantasía musical como a esa otra fantasía, que es la definitiva, la absoluta, de enamorarse y enamorar a una verdadera estrella de Hollywood que, como la película se empeña en subrayar, no es otra cosa que una chica mundana; aunque sea tan encantadora como Joan Leslie.image5cb1

Es evidente que nosotros, los espectadores, sabemos que esto no es así y que las estrellas, cuando bajan a la tierra es cuando revelan su verdadera condición prodigiosa, como en el Stradust de Neil Gaiman. Así que cuando los dos soldados (que a su vez no son tal cosa sino actores interpretando tipos corrientes pero mezclados con figurantes genuinos, lo mismo starlettes aspirantes que veteranos auténticos), interactúan con Barbara Stanwyck, con Joan Crawford con Roy Rodgers y su fiel Trigger, con Paul Henreid, con Eddie Cantor y con Joe E. Brown, con unos descacharrantes Peter Lorre y Sydney Greenstreet siempre en personaje o, y sobre todos, con Bette Davis y John Garfield, las hadas madrinas del ensueño momentáneo que es La Cantina, es cuando notamos en todo su esplendor el brillo y el carisma, el porqué de la condición de estrellas.*

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