El tercer hombre era mujer. Cineclub, ECI

El tercer hombre era mujer (Ada), Daniel Mann, 1961

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TercerHombreMujer

Extracto del libreto

  1. Un hombre, un voto

 

¿Puede ser a la ve una película, o una historia, naif y agria? ¿Inverosímil y plausible? ¿Absurda y sin embargo aterradoramente documental? Parece ser que sí. El tercer hombre era mujer, un retitulado del original y escueto Ada, que como dice Carlos Aguilar en su Guía del Cine de puro demente es casi maravilloso, es una paradójica síntesis de contrarios en al cual lo sublime se confunde con lo real.

Basado en la novela candidata al Pulitzer Ada Dallas, escrita por el muy popular en su época Wirt Williams, periodista especializado en el universo sureño tan bien retratado aquí, la película de Mann sale beneficiada por el paso del tiempo, que por una parte otorga a su aspectos más folletinescos, de melodrama desaforado, una tonalidad camp mientras por la otra muestra como su prospección en las mecánicas de la política USA, perfectamente extrapolables por otra parte, arroja unos resultados de un verismo aterrador.

De hecho parecen convivir dos películas divergentes en ella, contrarias, que se desdicen la una a la otra al tiempo que, y nueva paradoja se complementan y retroalimentan. En cierto modo que los protagonistas emerjan victoriosos de su viaje a las entrañas de la política real es un precio asumible a pagar por la descarnada mirada que sobre la misma se ofrece: un erial de miserabilismo ético, podredumbre moral y ambición destructiva.

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Así el lujoso envoltorio, vivos colores al mejor estilo del melo de la Metro Goldwyn Mayer, aunque el film este producido, signo de los tiempos, por dos compañías independientes, Avon Productions y Chalmar Inc. y luego distribuido por la major con su sello de aprobación y prestigio, es respondido por la oscuridad, la negrura de su fondo. Ratificando esa constante clásica del género del “sepulcro blanqueado”.

En el excelente libro-entrevista que Jon Halliday dedicó al gran Douglas Sirk en 1971 –recientemente reeditado por  Paidos en español con el título de Douglas Sirk por Douglas Sirk– este explicaba la pertinencia del «final feliz» en la cultura norteamericana, en un cine destinado a lo que Umberto Eco señalaba como middlebrow: “Todas las obras de Eurípides tiene este callejón sin salida; solo hay una escapatoria, la ironía del «final feliz». Compárelas con el melodrama americano. Allí, en Atenas, intuyes un público tan despreocupado como el público americano, un público que no quiere saber que podría fracasar. Hay siempre una salida. Pata ello tienes que poner el pegote del final feliz. Los otros trágicos griegos la tienen, pero en ellos se combina con la religión. En Eurípides ves su socarrona sonrisa y su irónico guiño. (…) Y al final no hay una antítesis, simplemente un deus ex machina, que ahora se llama «final feliz»” *

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