Paisaje de violencia: Shadow Dancer (FICX 50, día 4)

Publicado en La Nueva España (20/11/2012)

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Irlanda del Norte, 1993. Primeros avances serios en el proceso de paz de lo que los británicos denominan eufemísticamente “Los problemas” y el IRA Provisional detona un camión en mitad de Bishopsgate, en el distrito financiero de Londres. Aquello provocó la instauración del llamado Ring of Steel, un cordón de seguridad y vigilancia que rodeaba la City.

No es esto lo que Shadow Dancer cuenta, pero sí lo que la envuelve. Es la ficcionalización más o menos estilizada de un momento y un contexto real, asfixiante, en el cual la violencia no era el uso de las armas o la fuerza, sino un lugar en el cual se estaba. La película se centra en la ambigua relación entre Colette, una activista irlandesa harta y Mac, el agente británico que la recluta como topo. Desde ese momento ambos quedan atrapados en una intricada madeja de lealtades, intereses políticos y amagos de amor desesperado que termina por convertirlos en, parafraseando el título de una novela del gran Giorgio Scerbanenco, traidores a todos.Shadow

La película del también documentalista James Marsh es un thriller seco, inhóspito, que mira de reojo a la tradición del espionaje impasible británica, al noir norteamericano de la década de los 70 y a la fértil televisión del presente, algo acentuado por la familiaridad de rostros procedentes de diferentes series, todos ellos componiendo un muy buen reparto de actores de carácter. Lo cual nos lleva a un trabajo anterior del director dentro de la ficción como fue su participación dirigiendo el segundo capítulo de la excelente miniserie Red Ridding según los crudos libros de David Peace sobre la historia del norte de Inglaterra a través de sus crímenes y su corrupción. Un cuarteto, convertido en terceto para la TV que mezcla ficción y realidad, una mixtura de la cual también participa Shadow Dancer, no en vano basada en una de las novelas sobre Irlanda del Norte del periodista Tom Bradby.

shadow-dancer1Como Red Ridding, plantea un lugar de sombras, un paisaje tan distorsionado que no puedes ver más allá de tus narices. Lo hace a través de una cámara invasiva, que recorta el espacio de los actores, desgajándolos de los fondos y aprisionándolos en el encuadre para escrutar sus rostros herméticos, sus gestos mínimos. Estrategia muy habitual del cine del presente, aunque combinado con un estilo de fotografía y una textura final que remite, otra vez, al tono distintivo del cine y la televisión británica desde los 70.

Shadow Dancer es fría, ascética, sórdida y tenebrosa, con un punto de abstracción que logra dar la sensación, precisamente por su falta de subrayado, de estar dentro de ese lugar de violencia. De narración cinemática y diálogos contados no puede evitar abusar, en ocasiones, de la mecánica propia del género, ni tampoco logra esquivar alguna caracterización tópica o algún recurso de guión discutible. Pero el conjunto tiene fuerza, una resolución inclemente y no banaliza para espectacularizar. Y tiene la oscuridad, claro,  una donde no hay víctimas, solo distintas clases de verdugos.

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