El presente es un fraude. Epilogue (FICX 50, día 2)

Publicado en el periódico La Nueva España (19/11/2012)

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Epilogue es una de esas películas que te agarran de las solapas y empiezan a decirte: “Emociónate. ¿No te emocionas? ¡Venga emociónate!”. Son películas que, o te hacen sentir moralmente reconfortado cuando participas de ellas o te hacen pensar si serás un miserable cuando te quedas fuera. Supongo que yo debo alistarme con los miserables.

No me gusta que me obliguen. El cine es capaz de provocar una emoción sincera, profunda, con absoluta limpieza y cuando en lugar de ella se usa sin piedad cada uno de sus elementos para provocar una respuesta sentimental me parece que se traiciona al cine mismo. Epilogue es, a su modo, un producto tan emocionalmente chantajista y manipulador como pueda serlo, que sé yo, Lo imposible. Uno que convierte la compasión en su versión malversada: la lástima.

Manor fabrica con materiales innobles, disfrazados de minimalismo, intimidad y sobriedad. Los planos reposados, la parsimonia narrativa y el ascetismo estético de raíz documental no son buen cine por si mismos, tan solo una forma de representación más. Aunque según avanza el Festival comprobemos que es la hegemónica entre el cine de los supuestos márgenes. Un estándar como cualquier otro, al final.epilogue3

A esto se añade la naturaleza de tesis del conjunto. Todas sus partes tienen como objetivo el constatar un punto. La decadencia del estado de Israel es la decadencia de Hayuta y Berl, el anciano matrimonio protagonista, superados por el presente y con un pasado idealista barrido. Son los excedentes del laborismo israelí durante la fundación del estado. Y a la vez, para Amir Manor, vehículos para retratar una serie de crepúsculos yuxtapuestos: la ancianidad, la deriva del país y la quiebra general de un sistema.

HAYUTA%20VE%20BERL%20001Todo ello subrayado, verbalizado y explicitado en una película que dedica una hora a contar y media a decir, dejando solo una par de minutos finales donde el cine puede poner un broche hermoso en forma de elipsis, esta sí, de verdad emotiva. La impresión es que Nadir desconfía de una serie de capacidades: la suya propia como narrador, ya que se ve obligado a extenderse durante el tercio final en una serie de diálogos explicativos, la del espectador, que al parecer necesita que le lleven de la mano y la del mismo cine como lingua franca, entendible por cualquiera sin necesidad de traducción simultanea.

En el cine debería de haber editores. Editores de los de antes, de aquellos que les llevabas tú novela de cuatrocientas páginas y te decían que allí dentro había un buen cuento. Quizás así tendríamos mejores cortometrajes y menos largos engordados. En Epilogue hay un buen cuento, uno de perfiles patéticos, de tragicómicas peleas contra una realidad que no está pensada para los viejos y de fracasos de las ideologías.

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