Una mujer bajo la influencia: Después de la Oscuridad. Cineclub. ECI

Después de la oscuridad, Mervyn Le Roy, 1958.

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Extracto del libreto: 

Love is only for the lovely (Clem Snide, Let’s Explode)

En un excelente artículo para la web PopMatters titulado All the Lonely Women, Michael Barrett daba una serie de claves de gran agudeza determinando que “(…) esta no es realmente una película sobre la enfermedad mental, porque en realidad no hay nada de malo en Charlotte. No se trata tampoco sobre el adulterio, porque nadie lo comete finalmente, ni tampoco sobre el antisemitismo, más allá de la discreción de una serie de referencias decorativas que no llegan a nada. Es una “woman’s picture” en la cual el problema es el matrimonio, un estado que en otras películas es la feliz conclusión de todo el arco narrativo de la heroína. El problema de nuestra protagonista es que Arnold no la ama, como lo demuestra su evitación de cualquier contacto sexual. Reseñas de la época describen a Charlotte como “obsesiva”, pero no hay nada irracional en esperar sexo con su marido. Charlotte cree que ella lo engañó de alguna manera para llevarlo al matrimonio porque, en realidad, estaba imitando a su hermanastra Joan (Rhonda Fleming), con quien él se complementa mucho mejor; y después de haberse dado cuenta de la diferencia, él va bebiendo los vientos por Joan. Esto ha provocado habladurías, aunque todo el mundo pretenda que no, que todo son imaginaciones, que toda esa angustia está solo en su cabeza, que debe tomar otra píldora y acostarse. Todos actúan como si estuviese loca y, así, han medio convencido a Charlotte de que realmente lo está, de un modo no muy diferente de la mucho más tardía “Una mujer bajo la influencia”. Cuando suficiente gente cree que estás loca, tú misma lo crees y te dedicas a cumplir con sus expectativas.

Otra producción del año 1958, la deliciosamente campy I Married a Monster from Outer Space (Gene Fowler Jr), sublimaba el argumento de ciencia-ficción paranoide de la edad del átomo mediante los terrores de una jovencita frente al matrimonio, con el corolario demencial de una noche de bodas durante la cual se nos revelaba al espectador la naturaleza extraterrestre, monstruosa, del novio.

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Como en esta Después de la oscuridad, aunque la divergencia de concepto, presupuesto e intenciones cubra un par de océanos, el hombre con el cual se casaba no parecía el mismo de antes del matrimonio y la maduración resultaba un abismo psicosexual y vital aterrador. La solución que a cualquier espectador de hoy le asalta a los pocos minutos de metraje, el divorcio, choca contra el contexto de estas cintas. Incluso a finales de los 50 el divorcio no era algo para tomarse a la ligera. El código censor aún vigente, el Código Hays, no fue abolido de manera definitiva hasta 1967, casi una década más tarde. Tampoco la gran mayoría de la sociedad USA -y estas películas o libros se dirigían a esa gran mayoría- estaba por la labor de permitir que el divorcio se mostrase como una solución viable y/o aceptable para los problemas matrimoniales.

En el único flashback de la película, asistimos al cortejo de Arnold por parte de una Charlotte, más encaprichada que otra cosa, que antes ha rechazado a otro pretendiente -ese Jed que permanece enamorado de ella en la actualidad y que, pese a su alcoholismo y melancolía, será un apoyo sincero-. Radiante y con el pelo negro, exuda una seguridad que, en realidad, ha tomado prestada de su hermana. La imita psicológicamente, pretende ser ella en una tortuosa operación autodestructiva, contrafigura de la humillación pública a la cual se somete, en plenas navidades neoyorkinas, apareciendo en mitad de una importante cena en un lujoso restaurante vestida y peinada como una grotesca caricatura de la carnal pin-up que era entonces Rhonda Fleming, cuya oposición física con respecto a Jean Simmons no puede ser mayor.

Marcado por este momento patético, que es una suerte de exorcismo, de punto de no retorno donde el film acaricia el delirio y coquetea con el exceso, sin llegar a caer en él, LeRoy rima el flashback con el clímax al retomar el motivo del baile en sociedad con objeto de presentar la definitiva toma de las riendas por parte de Charlotte: otra vez morena y vestida de forma similar a aquella primera vez, pero ahora sin ser una imitación de Joan. Taciturna y oscura, quebradiza pero decidida, prefiere a Jake a su propio marido y no duda en demostrarlo públicamente: “!Vete al Infierno!”. Una catarsis personal.

Justo antes de salir por la puerta de su casa, Charlotte pone todo en orden: despide a la cocinera, previene a su madrastra y hermanastra sobre el cierre de la mansión, pide a Jed que concierte una cita con un psiquiatra en Boston y le dice a Arnold que recibirá los papeles del divorcio. Es una ruptura unilateral con todo. Fin de esta historia, comienzo de esta mujer.*

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