Un flic comme les autres: Olivier Marchal. El Cuaderno #32

Publicada originalmente en el semanario cultural El Cuaderno (#32): elcuadernoculturaldelavoz.blogspot.com.es

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Recién estrenada y Les Lyonnais ya sufre del lugar común: es la primera vez que Olivier Marchal retrata a los criminales, dejando a sus policías como oponentes de la figura legendaria de Momon Vidal, un forajido cuyas hazañas fueron ya contadas, mediante trasuntos, por José Giovanni en Alias, el Gitano (1975), justo cuando la banda de los lioneses terminaba de caer. Pero al mirara con un poco de atención vemos que para el cineasta no hay mayor diferencia entre gangsters y flics. La frontera se traza entre los honorables y los que no lo son.

En el primer capítulo de Braquo, serie creada y en parte dirigida por Marchal para Canal + Francia en 2009, la mujer de un flic caído en desgracia le dice al protagonista -Jean-Hughes Anglade encajado en el molde físico que antes ocuparon Richard Anconina en Gansters (2002) o, dos veces, Daniel Auteuil- que hace mucho que han dejado de vivir como policías. Toda la serie es una extensión del universo de Asuntos pendientes (2004). Idéntica sordidez, misma autenticidad, igual lirismo desesperado, mismos policías actuando como una banda organizada.

Marchal pertenece a esa estirpe de autores franceses llegados a la ficción desde la realidad. La estirpe del mencionado Giovanni. Este, ex-criminal, se convirtió en los primeros 60 en uno de los popes del polar, el policial francés, a través de su nuevos oficios de novelista, guionista y director.

No debe extrañar, entonces, que los dos principales recuperadores de la flic story, en diferentes medios, sean dos ex-policías. El tebeo, la BD que tanto valor tiene en Francia, cuenta con Pierre Dragon; un agente del servicio secreto que ha contado sus experiencias para que Frederick Peeters las dibuje en RG –dos tomos, Riyad-Sur-Seine y Bangkok-Belleville-. Dragon es un humanista, y sus historias, crudas sin forzar, ofrecen ternura y cansancio vital de fondo.

Olivier Marchal perteneció desde finales de los 70 hasta los años 80 a la Brigada Judicial de Versalles primero y a la sección antiterrorista después. Lo abandonó. Ya no podía más. Sus personajes son los que, no pudiendo ya más, todavía aguantaron. El inspector Schneider en MR 73 dice que Dios es un hijo de puta y que algún día lo matará. Es el paroxismo del anti-héroe fatalista, atado por igual a la tradición polar y a la realidad. Metafísica del género.

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De la comisaria a la televisión. Papeles secundarios, algunas películas y multitud de guiones para polars televisivos. Una escuela. Como sus personajes es un profesional. Da igual el lado de la ley. Los que traicionan el oficio traicionan el código. En Asuntos Pendientes, el comisario Klein recibe una advertencia: entre los maleantes, los tipos como él acaban tirados en un parking con tres tiros en la cabeza. Vrinks, el flic honorable, le ofrece una salida digna poniéndole una pistola en la mano. En Les Lyonnais el duelo final se dirime igual, aunque el resultado es distinto. Hay más honor entre ladrones, parece decir Marchal.

Lo primero que golpea de su cine, imperfecto, brusco y poético a un tiempo, son esos rostros de policías. Si no hay policías de ficción más policías que los franceses, entonces los de Marchal alcanzan el grado cero de la autenticidad. Y así y todo son figuras estilizadas en sus gabardinas de cuero negro. Cuervos en la ciudad.

Alejado estéticamente de los flics, Les Lyonnais resulta su film más luminoso, al menos el  más diurno, y el primero que mira un pasado histórico-político. Momon Vidal, que vive en la actualidad, comenzó sus correrías profesionales, se nos cuenta, dentro de los grupos organizados entorno al S.A.C, el siniestro Servicio de Acción Cívica. La guerra sucia gubernamental. La misma estrategia de la tensión empleada en Italia, donde poco tiempo después la banda de la Magliana era usada como ariete terrorista. Años de plomo por toda Europa.

Pero esto no es lo mejor de la película, ni mucho menos. La reproducción estética de la criminalidad setentera se ciñe más a la impuesta por Munich (Steven Spielberg, 2005),  Romanzo Criminale (Michel Placido, 2005), el díptico Mesrine (Jean-François Richet, 2008) o Carlos (Olivier Assayas, 2010), que al cine hosco y feísta que planteaban en su propio tiempo directores como Yves Boisset –Los secuaces, 1971-, Philippe Labro –El cazador de hombres, 1976-, Pierre Granier-Deferre –Adieu, poulet, 1975- y, por supuesto, José Giovanni. A este cine pertenecen los rostros de Gerard Lanvin y Tcheky Karyo, que cuentan por sí mismos todo un pasado. El resto es retórica. Como en sus películas anteriores es mejor cuanto más lacónico y conciso.

En uno de los numerosos flashback de la película Vidal recuerda como su padre le explicó las tres reglas para ser en un hombre: la decencia, hablar poco y seguir tu camino. En eso también se parece a Giovanni. Los vínculos masculinos, esa intensa virilidad que bien puede decirse ha recuperado para el cine de género francés, europeo incluso, son la entraña de su obra. Hombres decentes contra hombres indecentes; todos violentos, todos marcados.

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