De costa a costa: Las Generaciones de la Televisión. Neville #3

Publicado originalmente en Neville #3: Neville-n%C2%BA-3-Junio-Julio-2012-Americavision

Cuando se oye mencionar el término Generación de la Televisión a cualquiera se le ilumina el magín con los nombre de Sidney Lumet, John Frankenheimer, Martin Ritt, Robert Mulligan o Arthur Penn. La Generación canónica. Pero la voluntad de este ciclo es un poco más heterodoxa. Hasta el extremo de plantear una suerte de oleadas de la televisión. Es decir, y paradójicamente, no hay una pretensión de impugnar el término, el artículo firmado por Christina Aguilera se ocupa del núcleo del movimiento para demostrarlo, sino de ampliar tanto los nombres como las percepciones en cuanto a la relación entre el medio/industria televisivo y el medio/industria cinematográfico.

La idea consiste en proponer un flujo continuo, un encadenado de “generaciones de la televisión” que bien podría seguir inaugurándose con el Marty de Delbert Mann en 1955 y concluirse, de momento, con Los Vengadores de Joss Whedon. Entre medias cabrían Steven Spielberg o el fundamental Michael Mann, por ejemplo. De ello se encarga en parte Jesús Palacios.

Existe también otro planteamiento válido, consistente en identificar la persistencia de unos nombres y el olvido sistemático de otros a la hora de listar a los miembros de es(s) generación(es) con la eterna dicotomía A/B. Prorrogada incluso después de los cambios industriales que se sucederían en Hollywood desde el colapso del sistema de estudios en 1955; lo cual terminó con la serie B tal y como se conocía hasta entonces,  víctima de un  cúmulo de circunstancias donde no fue menor la pérdida del monopolio producción/distribución/exhibición que controlaban los estudios.

Directores del prestigio de Lumet o Frankenheimer, de Mulligan o Ritt o Penn sería, por ambición y previo caché, los que se conformaría como los nuevos cineasta de clase A. En paralelo a estos y en proyectos de menor fuste o como meros realizadores al servicio de estrellas, los Ralph Nelson, Delbert Mann, Fielder Cook, George Roy Hill, quien no alcanzaría celebridad hasta final de la década de los 60 en virtud de sus vehículos para Newman y Redford, el seco Stuart Rosenberg… eran la serie B. Eran el estrato intermedio entre los nombres propios y la independencia, donde gente como Robert Altman se buscaba una oportunidad para cambiar de medio entre las productoras neoyorkinas muy activas en el periodo. Equidistante, un satélite extraño, con puntos de contacto como Junior Bonner, llamado Sam Peckinpah. Tan televisivo en su origen como los demás. Aunque nunca figure.

A su modo estos artesanos replicaban la noción de los directores de estudio, del profesional todoterreno, cumplidor pero sin la chispa de genio y ambición necesaria, Aunque como siempre esto es matizable, y algunos de estos nombres, como sucedía en la serie B clásica, ofrecen vistos ahora mayor interés gracias a su propuestas concisas y directas, menos discursivas que las de realizadores conscientes de la necesidad de un corpus. Siendo esto una de las claves de la Generación TV: la conciencia de autoría.

Será la presencia y actividad de esos otros cineastas de rango menor la que permita el esplendor, durante la década de los 60 que es la que ocupa el cuerpo central del ciclo, de los grandes nombres. Como siempre la serie B crea el tejido necesario para el desarrollo de la A, incluyendo aquí los proyectos personales/autorales, siempre riesgosos y más en Norteamérica.

A esta primera generación la une el haber accedido a mediados de los 50 al cine, trasladándose desde Nueva York, donde se encontraba la industria televisiva, hasta California. Al mismo tiempo un puñado de supervivientes del naufragio hacia lo opuesto. De Lesley Selander a Jacques Tourneur se podría citar una interminable lista de veteranos acogidos por una televisión en plena Golden Age creativa -lo cual significaría que su actual estado sería la Silver Age– donde hasta Alfred Hitchcock alumbraría obras maestras de su filmografía en píldoras de 45 minutos.

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Antes de la Generación de la TV pareció que otra iba a cambiar Hollywood. Caprichosamente englobados bajo el nombre de Generación de la Violencia eran un grupo aun más disperso que el aquí tratado. Fueron los que más sufrieron el derrumbe del sistema hollywoodiense, pues eran en su mayoría elementos incómodos al mismo, difíciles de tolerar en momentos críticos. Robert Aldrich debuta como director en televisión en 1953, un año antes de año cero marcado por Marty en 1955. Pero Aldrich venía de Hollywood, donde se había hartado de trabajar como ayudante de dirección. Tenía espíritu de superviviente y sabía que en el negocio había que nadar como fuere. Nunca tuvo problemas en regresar ala televisión cuando en el cine no tenía sitio. Otros Como Nicholas Ray o Richard Brooks eran demasiado difíciles para la tele, aunque Ray llegase a dirigir un dramático. Richard Fleischer estuvo el momento justo en el sitio adecuado y en 1954 saltó de categoría con el encargo de la Disney 20.000 leguas de viaje submarino. Don Siegel era más parecido a Aldrich; sabía pelear en cualquier terreno. Desde los 50 y a lo largo de los 60 trabajó de manera intermitente en televisión, incluyendo cuatro largometrajes, uno de ellos Código del hampa entre los mejor de su carrera y estrenado en cines porque el nivel de su violencia se salía de los márgenes televisivos de 1964. Hoy ocurriría lo contrario: los márgenes del cine son mucho más estrechos, siendo la televisión por cable el medio más libre y creativo de la narrativa audiovisual americana.

Siegel representa entonces a una estirpe de directores peleadores, que, en no pocos aspectos, influenciaron con su sentido del oficio a los más interesantes de la primera ola televisiva. Aquella que fue, en cierto modo,  el Nuevo Hollywood antes de Nuevo Hollywood. No en vano este toma como fecha de inicio el Bonnie & Clyde de Arthur Penn en 1967. Iban a ser los dragones que con su energía desafiante de la costa Este sacudirían el polvo. Lo que no esperaban era lo que vendría después: Coppola, Cimino, Lucas, Scorsese, De Palma, Friedkin, Milius, Hill, Bogdanovich, Schrader… Spielberg.

Algunos estaban emparentados con los televisivos por estética y voluntad testimonial. Otros, como Steven Spielberg, ya los habían relevado en la tele. Cuando los grandes desembarcaron en Hollywood a mitad de los 50 las series y dramáticos dejaron un montón de vacantes. Ahí entra la segunda oleada, la que se curtiría a lo largo de los 60 y comenzaría ha dirigir cine desde el final de esta década y durante los 70: Tom Gries, Burt Kennedy, que fuera el gran guionista de Budd Boetticher, Vincent y Bernard MacEveety, Michael Ritchie, Sidney Pollack, Ted Post, el tronado Larry Cohen,  el reivindicable Dan Curtis…y otros aun más olvidados que quizás dejaron una o dos películas perdidas, esperando ser encontradas. Ellos también son Generación TV, otra oleada.

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