¡Barcelona tiembla! La ciudad que Iquino construyó: Neville #2

Publicado originalmente en Neville #2: Neville-n%C2%BA-2-Mayo-2012-Negro-sucio-y-espanol

El policial español murió en un incendio. El que en 1962 arrasó con los barceloneses estudios Orphea. Este plató, creado en 1932 por mediación de la productora francesa Orphea Films, había sido el primero con capacidad para registrar filmes sonoros, resultando clave en la posibilidad de una industria cinematográfica española ya durante la República. La dimensión catastrófica del suceso fue incalculable para la infraestructura del cine catalán, centrado entonces en la facturación preferente de material “b”. A posteriori se comprueba que el noir se desvaneció en lo más alto, al igual que los futbolistas buenos que saben retirarse a tiempo. No conoció la decadencia que devora a los subgéneros cinematográficos. Se diluyó, pacíficamente, cuando alcanzaba la plenitud expresiva, en una combinación de circunstancias espesadas por el suceso referido  y el propio momento histórico, que determinaba las necesidades de una industria pequeña, de supervivencia, abocada integrarse en la edad de oro de las coproducciones y sus peplums, espías y spaghetti-westerns.

¿Y antes del incendio? El culpable en primer grado de la existencia del thriller español fue el realizador, guionista y productor catalán Ignacio F. Iquino. Sí, el mismo de los subproductos tardo y post-franquistas. El de Aborto criminal (1973)La caliente niña Julieta (1981). En 1950 el cineasta ya era un veterano con toneladas de oficio y un empeño largamente acariciado por introducir de manera consistente y perdurable el cine de acción en la industria española. Su primera realización, en 1936, se titulaba Al margen de la ley y era una reconstrucción del asalto al expreso de Andalucía en 1924, en plena dictadura de Miguel Primo De Rivera. Un suceso de la socorrida crónica negra española que sería llevado de nuevo al cine  en coproducción con Italia por Francisco Rovira-Beleta en 1956 y en 1991, por Imanol Uribe dentro de la serie televisiva La huella del crimen, devolviéndolo a su la localización histórica.

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Después de reciclarse tras la guerra en director de comedias populares para  la CIFESA (incluida la exitosa versión de 1942 del original de Jardiel Poncela Los ladrones somos gente honrada) Iquino retomará la independencia en los 40 con su primera productora; Emisora Films. En ella pondrá en marcha una serie de títulos “protonegros”: Una sombra en la ventana y Hombres sin honor, ambas de 1944, El obstáculo y ¡Culpable!, en 1945 y Canción mortal, a mayor gloria de ex-torero Mario Cabré. El moderado éxito de todas estas pequeñas producciones y otras que acometía desde la estructura industrial que había logrado crear en Barcelona, le persuadieron de la posibilidad real de hacer dinero con el género a principios de los 50. Un momento coyunturalmente más propicio. Tanto por la evolución de la sociedad española como de las influencias cinematográficas que el cine nacional, y el espectador mismo, habían ido recibiendo; por un lado la onda expansiva neorrealista y por otra la enorme popularidad del noir y el policial norteamericano. En un futuro las corrientes francesas del polar y los cine de autor europeo. El neorrealismo se tamizó fuertemente, con excepciones como Surcos (1951) de Nieves Conde o Hay un camino a la derecha (1953) de Rovira Beleta, perdiendo sus principales rasgos revulsivos por culpa de las constantes imposiciones moralizantes del Régimen, pero mantuvo un rasgo clave compartido con el thriller norteamericano: el rodaje callejero.

Fuera de la rabia sociopolítica quedaba el “verismo” (como lo bautizó la crítica española de la época, alérgica el término neorrealismo y sus implicaciones) escenográfico, la geografía nueva de las ciudades, la inmediatez de lo reconocible. El cine negro español había encontrado su resquicio. Rodar en la calle daba una impresión absoluta de modernidad en pantalla, y además resultaba barato. Iquino reconoció la oportunidad al instante y lanzó, en paralelo y producto de diversos avatares esperpénticos que incluyen infidelidades matrimoniales, dos títulos: Apartado de Correos 1001, producido todavía como Emisora Films y dirigido por su viejo colaborador Julio Salvador y Brigada criminal, con dirección de él mismo y bajo la breve compañía Producciones Iquino, germen de la I.F.I.

Tras ellos y a los largo de casi quince años nombres como Julio Salvador, Juan Bosch, Julio Busch, Antonio Santillán, Francisco Pérez-Dolz o Miguel Iglesias Bonns galvanizarían la propuesta de género más consistente de la historia del cine español, gracias a contar con una pequeña estructura, engrasada y funcional, de profesionales, estudios en propiedad y red de distribución. En una década las empresas barcelonesas – Este, Emisora y otras a su imagen como la de los Balcazar- se erigirían en genuinas productoras independientes de material de serie b. Un mini-Studio System capaz de poner una nueva película en el mercado en plazos de tiempo muy cortos. La idea era exprimir todos esos medios, aprovechar  las corrientes favorables y ofrecer productos baratos y de rápida confección que mimetizaran motivos y estéticas ajenas desde una órbita castiza, como la misma Camino Cortado, dirigida por el propio Iquino en 1955. Una pieza barroca y asfixiante, ambientada en un pueblo fantasma pronto anegado por uno de los pantanos del Régimen. Mayor inmediatez, imposible.

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