El diablo en el ojo: La última orden. Los Imprescindibles del Cine Mudo, ECI.

La última orden, Josef von Sternberg, 1928, USA

En Espacio de Cine: la-ultima-orden

A la venta: productDetailCultural.jsp?productId=A6909357

Extracto del libreto: 

*1.       “Al ser una autoridad distinguida de Hollywood, me resultaba  mucho más difícil describirlo sin los consiguientes toques de realismo. Me gustaba más la Revolución Rusa, porque me proporcionaba la libertad necesaria para usar solo la imaginación” Josef Von Sternberg.  Diversión en una lavandería china. Memorias.

La ficción es un caleidoscopio que nos devuelve nuestro propio ojo. Cuando uno entra en ella corre un peligro similar al de los espías atrapados en guerras de espejos. Lo real se disuelve entre simulacros e imágenes rebotadas. La inmersión que Von Sternberg propone en La última orden, metaficción antes de que semejante concepto fuese planteado, profundiza más allá del “cine dentro del cine”. Más allá de los ribetes pirandellianos que puede ofrecer en sus últimos veinte minutos. El Gran Duque Alexander es una recreación viviente, la imagen de una idea dada, tanto desde dentro como desde fuera de la ficción, por tres responsables; dos reales, Josef Von Sternberg y el mercurial Emil Jannings y otro recreado, el falso director ruso Andreyev, al cual interpreta William Powell, a su vez trasunto del mismo Sternberg.

La película es la gran puesta en escena de sucesivas puestas en escenas. Un encadenado de ficciones. La metáfora de los espejos toma cuerpo desde el momento en el cual somos introducidos en el largoflashback mediante la imagen reflejada de Jannings, avejentado y comido por la perlesía. Del mismo modo, ese reflejo nos devuelve a la realidad del Hollywood de 1928.

Hay una especie de encantamiento en ese espejo que le permite a Von Sternberg sumergirse en una Revolución Rusa imaginaria. Es un elemento esotérico que bien permitiría acercar el sentido del cine de este director a una concepción mágica del mismo. Su obsesión por los objetos, de índole fetichista incluso, como medios narrativos, también tiene un algo de taumaturgia. Antes del espejo, una pequeña medalla que el Zar regaló al Duque anuncia el pasado, lo invoca.

En el cuerpo central del film aparecen ya revelados componentes delirantes, eróticos, folletinescos y psicológicos que conocerán ampliación en su ciclo de películas junto a Marlene Dietrich; la primera de ellas El ángel azul (1930),en la que comparte protagonismo con un Emil Jannings de parejo patetismo al aquí exhibido -es oportuno recordar aquí que, porLa última hora, Jannings obtuvo el primer Oscar de la Academia al mejor actor en 1928-. Aun así, durante su época silente, Von Sternberg no saltará por completo al abismo del cine-delirio, manteniéndose en los márgenes del melodrama, enriquecido por toda una serie de sofisticados componentes narrativos de carácter experimental.

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Si Von Sternberg abominaba de la realidad era para crear una propia: la de la imaginación. Para el cineasta, en su profundización en la abstracción barroca (una de las múltiples características compartidas con… Sergio Leone) la imaginación es otro plano de la realidad. Un mundo tan válido como el tangible, ya que pertenece por igual a la experiencia vital. En el momento en el cual, y tanto da la consciencia o inconsciencia, estamos imaginando algo, soñando con algo o recordando cualquier cosa del pasado, para nosotros es perfectamente real. La memoria es un material extremadamente dúctil y pregnante. Cuando recordamos, reinventamos; imaginamos y construimos a medida una realidad formada por préstamos, esbozos tomados de otros, imágenes que hemos visto y a su vez manipulado… la memoria es una película; una ficción que durante el momento del recuerdo es real. Y es real porque la conforman experiencias. La memoria y el cine comparten un doble naturaleza mágica: la de fabricar la realidad y la de influir sobre ella.

Así, el recuerdo de una experiencia, su reconstrucción memorístico-imaginaria, se convierte en una experiencia por sí misma, más real incluso que la vivida, capaz de matizarla o hacérnosla comprender al poder ser manipulada/vista desde multitud de ángulos. El caleidoscopio en el ojo, de nuevo. El cine es un ojo mecánico, o una moviola-ojo, capaz de perpetuar y reproducir el recuerdo y la imaginación. Un simulacro de memoria sostenido por medios antinaturales, objetos y procesos que, en muchos aspectos, resultan por completo fantasmáticos e incomprensibles para el profano, una fusión mística de tecnología y nigromancia.

Más claramente expresado, y directamente aplicado sobre La última orden, por Sybil DelGaudio en su excelente Dressing the part: Sternberg, Dietrich, and Costume: “(…) le ofrece a Sternberg la oportunidad de yuxtaponer “verdad” (la memoria subjetiva del pasado) contra ilusión (la interpretación hollywoodiense de la verdad). La película dentro de la película le permite a Andreyev un entendimiento mejor de la historia a través del medio ilusorio del cine, y termina por condolerse con el patriotismo del anciano moribundo, algo que no podía “ver” mientras se encontraba involucrado en la verdadera Revolución. Aquí Sternberg explora la, a menudo engañosa, naturaleza subjetiva de la realidad en contraste con la capacidad del cine para crear su propia ilusión de realidad. De hecho, Sternberg siempre estuvo más interesado en la clase de verdad que el cine podía ofrecer de lo que lo estaba en la realidad misma, y a menudo expresaba su desdén hacia “el fetichismo de lo auténtico”.*

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